jueves, 21 de marzo de 2013

La sabiduría que no se enseña
(Pasaporte para lo incierto)

Domingo de parrilla en Hopkins. Mientras los asistentes de la fiesta veraniega se preocupan por servirse otro trago, José camina hacia la rejilla humeante para terminar de cocinar las carnes que los anfitriones, en medio del jolgorio, han olvidado. No se mueve del lugar hasta concluir la misión que él mismo se ha encomendado, y sólo habla con quien se le acerque.
            Decir que en medio de este escenario su presencia resulta la efigie de la prudencia, puede sonar a hipérbole causada por los 91ºF  de la tarde.
            Hombre de frases breves pero con buena puntería, llegó a Minnesota hace 15 años.
            Hondureño de nacimiento y salvadoreño de crianza, su hasta luego a las tierras mayas no fue un hecho inadvertido, pues desde chico soñó con venir a los Estados Unidos: "Tenía muchas amistades en este país, familia, y siempre me dije que si algún día se me presentaba la oportunidad, lo haría". Llamando ésta a su puerta en el año 1995, cuando abandonó su posición como jefe del almacén de películas en Honduras y el gobierno lo indemnizó con 18 mil dólares por sus 12 años de servicio. En ese momento supo que su «ahora» se había presentado; que contaba con los recursos necesarios para materializar el anhelo de su infancia.
            José sella dos de las carnes y las coloca en la rejilla superior de la parrilla, donde el fuego no las deslustra. Primero el trabajo, luego la conversa.
            Cuando arribó al norte del norte, una hermana de una excompañera de trabajo lo esperaba en la ciudad de St. Paul para darle albergue. "La primera impresión que tuve de los Estados Unidos fue que nosotros (los hispanos) no sabemos el idioma. Es duro, querés ir a la tienda, querés preguntar por algo y tú no sabes cómo hacerlo (...) Estuve casi siete meses sin trabajar, porque no conocía a nadie, a excepción de la persona que me recibió aquí. Ella tenía dos trabajos y no tenía tiempo para llevarme a aplicar, y yo no tenía otros amigos; del inglés sólo sabía palabras.
            Me entretuve corriendo. Salía todos los días a trotar desde las 12:00 del mediodía hasta las 2:00 de la tarde en el verano. Ida y vuelta".
            Y como la vida puede, cuando quiere, dársela de humorista, esa recreación fue la que le dio la oportunidad a José de obtener su primer empleo. "Estaba trotando y  tenía que ir a un baño –confiesa discreto, sonriendo con singular cortesía–.  Entré a un restaurante y vi a mucha gente hispana; les pregunté que sí había trabajo disponible y me dijeron que sí. Yo les dije que no hablaba inglés. A los tres días me llamaron para contratarme como preparador de comida".
            Al cabo de un año tuvo dos trabajos, estudió inglés y durmió poco, pero durante ese tiempo, José, el exdirector del almacén de películas de Honduras nunca pensó en regresar. "Primero, porque me gustaba los Estados Unidos, y segundo, porque yo sabía que salir del país de uno significa sufrir, porque nunca va a ser como estar en tu tierra. Vas a la casa de alguien y nadie te da comida, porque nadie te conoce. Aquí sin dinero no comes. Pero como estaba acostumbrado a trabajar, no se me hacía difícil vivir aquí".
            Cuando entre fumaradas de carne se le interrumpe para preguntarle si fue acertado permanecer meses en otra geografía pasando dificultades, José se seca la frente, entrelaza sus dedos y responde sin ninguna duda: "después de estar aquí y encontrar un trabajo, uno se va adaptando a otro tipo de estilo de vida, idioma; uno va creando su propio ambiente. También se gana más de lo que se gana en nuestros países (...) hay más facilidades para todo. Si tú tienes trabajo puedes comprar lo que tú quieras: casa, carro, lo que querás, y en menos tiempo de lo que puedes imaginar. Dependiendo de lo que se gane (...) ¿Lo del idioma?, eso depende de tu persona. Si tú le pones empeño, aprendes".
            Pausado y sin rubor, admite que no llegó a culminar el bachillerato. Tal vez porque sabe de sobra que una cosa es la inteligencia académica y otra, la habilidad financiera; que esta última no se inculca sobre pizarrones. Con ella se nace o se es autodidacta. Por ello los tópicos trabajo y dinero tienen una importancia capital en su vida. "En este país yo he aprendido a valorar mucho lo que tengo. Hay personas que lo tienen todo en su país de origen, pero no saben valorarlo. Si tienen dinero, no saben cómo usarlo para poder sobrevivir, entonces aquí yo tengo otra mentalidad, que la tenía antes, pero no tenía lo suficiente para ponerla en práctica. Ahora puedo hacerlo. Estoy trabajando en eso. (...) Me tomó 15 años. Sí, es bastante tiempo (...) pero aquí depende de la suerte que tengás y de cómo te desarrolles (...) Hoy día soy ciudadano estadounidense, jefe de mantenimiento del gobierno de Minnesota, tengo mi casa y una compañía pequeña de limpieza, registrada hace cuatro años".
            También una hija de 9 años nacida en Minnesota y que vive con su exesposa en Texas, a quien procura motivarla para que haga las cosas mejor que él, para que finalice sus estudios. "Yo le explico lo que cuesta ganar el dinero y lo que significa venir aquí sin saber hablar el idioma, para que ella sepa valorar lo que tiene. Ahora estoy concentrado en ella. Quiero sacarla adelante, que tenga el dinero que yo no tuve, que escoja una carrera".
            El tema de la vuelta a la patria lo aclara, y al hacerlo le saca un suspiro. "Me siento más salvadoreño", por eso debe ser que la nostalgia le huele a molienda, a los bueyes que sus abuelos le mandaban a arriar a las 3:00 de la mañana para meter la caña en el trapiche, y sacarle el jugo. "¡Ay, cómo me gustaba eso! Meter la yuca sancochada, los ayotes. Eso es tan lindo. Son muchas las cosas que extraño, pero esto es así", despide con la resignación propia de quien ha decidido no mirar el camino dejado atrás.
            Sin embargo en su futuro, el regreso se repite como un eco. No descarta la idea de volver a El Salvador y establecer un negocio allá. Sólo que antes debe esperar que su hija cumpla los 18 años para poder jubilarse; llevándose consigo no sólo el cheque gubernamental, también otro desenvolvimiento social y el inglés. Sus raíces, esas que siempre permanecieron intactas, también volverán. "Hay mucha gente que cambia –sentencia–, que regresa y porque vienen de los Estados Unidos no le hablan a las personas. Incluso aquí, algunas personas que ya han obtenido la ciudadanía ya no le quieren hablar a otro que no tenga papeles. Los ven de menos. Yo vine así, así soy y así me voy", concluye al tiempo que le pasa levemente el cuchillo a las carnes asadas, rosadas en su centro.
            «¡Traigan sus platos! ¡Hora de comer!».  

Columna Pasaporte para lo incierto, publicada en St. Paul Publishing,  agosto de 2010.
Como lo quieras

(El mejor amigo del hombre)
“El perro sabe, pero no sabe que sabe”.
Pierre Teilhard De Chardin
La tragedia de Lila Morillo
“¡Prendé el abanico que hace mucho calor!”, le gritaba Doña Josefa a su impaciente hija Matilde, quien no hacía más que ver y sacar la cabeza por la ventana. La madre, con ligeras gotas de sudor sobre su frente, tomaba los aguanta callao y retiraba las sartenes calientes de las hornillas llameantes para verter cuidadosa la comida en los tupperware. La cachorra de shih tzu no se separaba de su lado, alerta ante el aterrizaje de cualquier suculento trozo de mojito que pudiera caer al suelo.
La doña cerró los envases y se fue al cuarto para terminar de arreglarse. Lila Morillo —la adorable perrita, clonación de una butaca con una maraña de pelos—, siguió cada uno de sus pasos. La mujer contó los cobres que tenía encima del chifonier, tomó la cartera, las busacas con los potes de comida, colmó de arrumacos a su querida mascota y se fue a visitar a la abuela, no sin antes pedirle a su hija que le pasara un lampazo al piso; pegándole el religioso grito de cada domingo: “¡Matilde Josefina! ¡Cuidado con salir a encontrarte con el firifiri ése, el bueno para nada del novio tuyo! ¡Y no me pongáis esa cara de santa que te conozco! ¡Dale pasito al acelerador porque te vais a estrellar!”
No cabía duda de que el diablo sabía más por viejo que por diablo, porque escondido en una de las tiendas de la esquina estaba Federico, el "firifiri", aguardando la partida de su suegra para vivir los más desaforados encuentros sexuales con su enamorada.
Minutos después, encerrados en la recámara de ella, los vivarachos amantes se relamían de gozo al unísono que Lila Morillo, con sus lacitos de peluche rosado sobre sus orejas y cola, ladraba, arañaba histérica la puerta por la presencia del odiado intruso.
“¡Callá a la mardita perra!”, le pidió él a ella cuando de pronto el sonido de una reja, llaves, los llenó de terror. Los jóvenes en cuclillas comenzaron a buscar calzoncillos, pantalones. Federico como pudo saltó por la ventana y Matilde, despeinada, con la camisa mal abotonada, salió como si nada a pedirle la bendición a su madre, quien había regresado para tomar su celular, el cual había olvidado.
Lila Morillo entró de inmediato al pérfido nido de amor y comenzó a olfatear el rastro ajeno, hasta que un nuevo aroma detuvo su peregrinar. Doña Josefa, quien al ver a su hija desgreñada sospechaba algo raro, de pronto fue presa del pánico al ver lo que hacía su precioso can: “¡Mirá Matilde! ¡Lila Morillo se está comiendo un guante! ¡Ayudame que se lo traga!”
En la sala de espera de la clínica veterinaria, la doctora no demoró en dar la lectura del informe médico: “Obstrucción del esófago y estómago por la deglución de un condón de látex ‘extra grande’ —con énfasis  de chisme—. Cada vez que la cachorra respira, un pedazo del condón ‘extra grande’ se infla. La perrita se puede morir, pero si tiene los BsF. 3.000 de la operación, puede que se salve”.
Doña Josefa, quien en todo momento conservó el aplomo, miró a su hija con calma.
Matilde suspiró aliviada, hasta que unos de esos demonios que salen en el Zulia bajo la pepa e’ sol de las dos de la tarde se apoderó de su cuerpo, bramando a todo pulmón: “¡Muchacha de la verga!”, quitándose las cotizas y entrándole a chancletazo limpio en pleno consultorio. Armándose así el verguero.

Diario de un husky siberiano
La lista de condiciones que la hermana de Belinda había fijado para que ambas pudieran vivir bajo el mismo techo era más larga que El nuevo testamento, lamentablemente Belinda no estaba en posición de reclamar; tenía una mano adelante, la otra atrás y siete maletas en el piso.
El asunto del palmito enlatado en la tercera columna del segundo gabinete de la derecha y la harina de maíz en la primera fila de la quinta repisa, la perturbaba menos que la cláusula número 55: “Cero hombres en esta casa”.  Una cosa era ser maniática compulsiva, la Anastasio Somoza del orden, y otra muy distinta impulsar la abstención sexual; una vida sola y con perro. No señor, ella no era Heidi, ni Mandrake, el husky siberiano de su hermana, Niebla.
Como era de esperarse, a los pocos días Belinda estaba metiendo a escondidas a su nuevo mientras tanto al templo de la castidad. Lo tenía todo planeado: finalizada la telenovela de las 9 su hermana se cepillaba los dientes, a las 9:15 acudía al encuentro con el somnífero, a las 10 ya no existía, y a las 11 entraba ella con Tobías, listos para violar la ordenanza municipal.
De puntillas fueron a la alcoba y Mandrake en un descuido se coló con ellos. Claro que la audiencia del animal los amoló, pero no demoraron en descubrir que hacían más ruido intentando sacarlo que dejándolo allí, tendido en la alfombra, moviendo tiernamente su cola.
Pasaron el seguro y los besos no demoraron en llegar. Tobías férvido, crepitante no quería más epidermis de ropa sino de carne, descosiendo las finas costuras de la seda. Belinda reposaba su lengua en la piel firme y canela, ansiosa por toparse al final de ese torso con un capullo en alza; rosado, brillante, caliente.
Era la reunión de las ganas, de la adrenalina y las feromonas, y Mandrake, con su intenso ojo marrón y azul celeste, no paraba de observarla fijamente.
¿Importaba la contemplación del husky? En lo absoluto, eso pensaban ellos hasta que él posó su boca sobre el sexo de ella y el cuadrúpedo comenzó a dar vueltas en círculos. Belinda presintió que algo andaba mal, no obstante Tobías, paladeando los jugos ajenos, lo menos que quería era dársela de parapsicólogo o de veterinario.
Ella finalmente se sentó sobre él, saludando su miembro con su vulva hambrienta. Emocionados comenzaron a copular cuando el endemoniado perro terminó de enloquecer y empezó a castigar, a tirarse una de las patas de la cama. Ella apretaba sus ojos para no verlo. Él se obligaba a pensar en los esbeltos pechos de ella, no en el tenebroso capítulo de Animal Planet que se estaba filmando en la esquina izquierda, pero no, no pudieron, y Mandrake terminó preso en el clóset.
Recuperados de esa horrorosa introducción a la zoofilia, Belinda y Tobías retomaron sus labores. De nuevo los besos, los pequeños mordiscos, el contacto…el  turno del sexo anal.  Ella se mordía los labios para controlar los gemidos, él respiraba profundo para no dejar escapar ningún sonido, cuando el desgraciado perro, excitado comenzó a aullar.
Mandrake no sólo se dio a la tarea de despertar a la hermana de Belinda, al edificio, a la conserje, presidente de la junta de condominio, quienes tocaron la puerta del apartamento para cotejar lo que en esa casa le estaban haciendo a ese pobre animal, también aceleró la botada de Belinda y dicen las malas lenguas que, encima, desde ese día, el muy perro se quedó con el cuarto.
Textos publicados por Irina López y Carolina Sandoval en la revista Urbe Bikini, noviembre de 2008. 
Imagen cortesía de Durex Condoms. 

domingo, 17 de febrero de 2013


El día que me puse roja

            Una especie de moco color marrón, casi terracota, se había unido a mi pantaleta de algodón. Mis ojos, atónitos, no dejaban de inspeccionar la pequeña secreción viscosa. «Pero ¡¿cómo?!, si yo no me siento en ningún baño público. ¡¿Por qué?!, si yo siempre he hecho lo que mi mamá me dijo que hiciera: «¡¿Quieres prestarme atención que no voy a durarte toda la vida?!... Mira bien, porque no pienso repetirlo. Estira los brazos y alinea las palmas de las manos así, sobre el asiento de la poceta. Luego pon los pies de este modo, un poco separados, de puntillas, y haces como si te fueras a sentar, pero ¡sin hacerlo!, ¡mira que yo no voy a pasar lo que me queda de vida llevándote a un hospital, ni comprándote duchas vaginales!... ¿Me prestaste atención? Bueno, así es que se orina fuera de casa, sin que la 'toti" o el 'toto' toquen nada».
            ¿Cómo se lo decía?, ¿qué iba a pensar de mí? Sabía que me convenía ser prudente y estratega, la verdad lo he sabido desde que tenía 4 años, pero esa voluntariedad taruga que desde preescolar me impulsó a jugármelo todo colocando un taco de más sobre el milagro de la gran torre de cubos de madera, dejando con frecuencia en mis oponentes un gesto de, «lero, le... ¡Por favor, tráiganme a una contrincante digna!», hizo de las suyas otra vez.
            Deseaba salir rápido de la mala noticia, así que abrí con urgencia la puerta del baño y me alejé aceleradamente. Mientras más raudos fueran mis pies, más pronto dejaría de ser futuro y comenzaría a ser presente, puede que ayer.
            «Mamá tengo una infección en la orina», le dije valerosa, imperturbable, con mi pose de defensora de las descendientes con gérmenes patógenos en las vías urinarias. «¡Ya está! Qué crea de mí lo que le venga en gana. Total, igual lo va a hacer. Tengo 14 años, y según ella estoy en la etapa de 'culpable hasta que tenga hijos y le hagan pagar todas sus bribonadas'. Así que aquí, lo importante, es que me ayude», me decía dándome espaldarazos y apretones de manos en silencio, sin que me preocuparan en lo más mínimo las consecuencias… Pero cuando mis ojos, igualitos a los de ella, cruzaron accidentalmente con los suyos...  
            «¡Yo te juro que yo no me he sentado en ningún baño público, ni he utilizado el mismo trozo de papel con el que me limpio atrás para limpiarme adelante! Además, uso la ducha al lado del inodoro cada vez que...»
            Ella cerró la revista Ideas, seguramente en una página que la incitaba a diseñar flores artificiales o payasos de cerámica, esas cursilerías que se le estaban pegando de las vecinas cuando no conseguía trabajo, cuando casi se resignaba a convertirse en una doña de los Valles del Tuy. 
           Inexpresiva se levantó del sofá y entró al baño sin decir nada. Le dio un vistazo a la pantaleta que yo había dejado –con toda la vergüenza del planeta Tierra–, en el piso para ser juzgada, y salió tan callada como entró.
            «Oh, oh. No habla. Esto no pinta bien. Esto seguro termina siendo otro registro en mi diario. 'Querido diario: el día de hoy ha marcado mi vida. Hoy volví a descubrir que la preadolescencia puede ser muy dura, que lo peor que me ha pasado en estos ecasos pero sacrificados años de existencia no son la lechina, ni la vez que en el colegio me clavaron la punta de un lápiz en la frente...' Tengo miedo. ¿Cuántas inyecciones habrá en mi futuro? Ni modo, me tocará negociar apenas llegue al hospital; endulzar a la enfermera y convencerla de darme esos antibióticos en pastillas o en gotas, y si no, preguntarle si tiene la mano suavecita». 
           Mi mamá finalmente se detuvo frente a mí, y así nomás, mirándome a la cara me dijo: «Acabas de desarrollarte. Te vino el período».
            «¡¿Qué?! ¡Pero si eso no es rojo! ¿Cómo va a ser eso el período si la regla es sangre y la sangre es roja? ¡¿Qué clase de estafa es esta, mamá?! Tú tienes que estar equivocada. ¡Yo no...!»
            Diez minutos después, sentada sobre la taza de la poceta, con una nueva pantaleta de algodón en mis tobillos y una indignación que no cabía en la caja de veinte por veinte centímetros que estaba sosteniendo, veía los planos y leía las instrucciones de eso que las mujeres de mi familia llamaban «paquete de toallas sanitarias»: «Hale la pestaña. Flecha. Desempaque. Flecha. Pegue la toalla. Flecha al sur, flecha al norte. Despegue las alas. Flechas a los costados. Ahora pegue las alas a su ropa interior. Deseche el empaque. Dibujo de un cesto de basura. Una gran x sobre el símbolo del inodoro».
            Esperando no haber omitido ningún segmento del croquis que diseñó la señora Always, me subí la pantaleta. Di tres pasos, me puse el short y me detuve a revisarme en el espejo. «¿Lo habré hecho bien?, y si no lo hice ¿cuánto tiempo tardaré en darme cuenta? Esto, la verdad, se siente como una colchoneta... ¿Hay una técnica para caminar con esta cosa puesta? ¿La gente notará que llevo una?… ¿Me veré distinta?, no sé, ¿más madura?... ¿Estás toallas serán de las baratas o las caras?, ¡¿y si estoy utilizando las que no están de moda?! ¡No! Mañana cuando le cuente a mis amigas en el liceo que me vino el período, por  nada del mundo debo cometer el error de dar marcas.… A ver, y si no puedo mirar para allá abajo para chequear, ¿cómo sé si estoy manchada o no?: ¿pregunto, hay que ir cada rato al baño o debo desarrollar ciertas facultades proféticas?
            Cinco pasos más… ¡Arg! Honestamente, esto tiene que ser un chiste, una canallada biológica. ¡¿Cómo una puede convertirse en mujer usando un minipañal?! Maldita sopa de coacervados».
            Después de salir de mi búnker, de ese santuario que me protegió por varios minutos de la reacción del mundo exterior, de abrir la puerta del baño; justo cuando caminaba como si hubiese tenido una mala racha en unos toros coleados, vi el pomo de la puerta principal girar. «¿Por qué vida?, ¿por qué me haces esto?». Mi padrastro estaba llegando a casa en ese instante.
            Mi mirada de socorro enseguida salió corriendo a encontrarse con la de mi madre, quien la acogió con un semblante travieso, al tiempo que se levantaba del sofá para recibir a su esposo.
            Beso leve en la boca, abrazo...
        «No, mamá. Por favor, así no, que no es chistoso», suplicaba telepáticamente. 
            Párpado y pestañas sobre el globo ocular. Su condena arribó en forma de picada de ojo:
            – Carlos, ¿a qué no adivinas? Tenemos a una señorita en la casa.
       – ¡Eso! –respondió él exagerando y alargando la pronunciación en la irritante o– ¡Felicitaciones! 
             Un ardor en mi cara, cuello y pecho comenzó a abrasarme. «Pero ¿por qué te da pena si eso es lo más natural del mundo?» Risas y un par de dedos señalándome. 
            Así, con mis mejillas sonrojadas, con mi útero secretando por primera vez el fluido menstrual, y mi vulva, sin saberlo, sin revisarla, ensangrentada, supe a mis 14 años lo qué era ponerme verdaderamente roja.

Imagen: Athenais de John William Godward. 

sábado, 12 de enero de 2013


¿Por qué no quiero regresar a Venezuela?

Querida abuela:
            Le escribo porque ayer me pasó algo curioso. Nate y yo decidimos ir a cenar a un restaurante a última hora. Él iba manejando, cuando de pronto, un bloque de nubes gigantes, arrejuntadas, formaron un gran muro algodonado al final de la vía negra de rayas blancas. Como el cerebro tiene un hipocampo y el hipocampo se ocupa de la memoria, lo primero que pensé fue en El Ávila.
Sé que para un andino y un habitante de los Pirineos (sean cuales sean los países), para un oriundo de Denver o de Tokio, El Ávila no es más que un saco de tierra y monte vaciado sobre una carretilla, pero para nosotros los caraqueños es nuestro inhalador barroco-expresionista, ya sabe, por aquello de que es lo único realmente verde que nos rodea, y por los grandes contrastes de luces y sombras.  Tal vez por ello, por caraqueña, me sorprendí viendo a esas nubes con cierta lástima; como quien mira en compañía de los amigos las fotos de sus descendientes, ese montón de futuros barrigoncitos como los padres, que una, para no ganarse una guerra a muerte peleada con cortaúñas, debe suspirar y decir: «Bello que te salió Javiercito. Fotogénico. No cabe duda de que sacó los genes de la familia».
            Como le decía, me fijaba en la altura, la anchura, y el esfuerzo de esas nubes por darle a esta geografía de montañas pequeñas un gran adorno a su horizonte, mientras recordaba, después de mucho tiempo, los segundos de paz citadina que me daba El Ávila al alzar la vista. Pero después de evocar su flora, sus cascadas, sus curvas luminosas y umbrías, enseguida me acordé de su adorno humano: aquel cintillo de miseria y soluciones desesperadas que me hicieron revivir mi último encuentro con la gran montaña.
            Luego de quedar diez años atrapada en el mundo del periodismo, de no ser tomada en serio como guionista porque mi currículo era el de una periodista; el de una supuestamente «buena», entregada a «lo suyo». Decidí extenderle a mis empleadores la extremidad alargada y articulada de mi mano derecha, esa que los biólogos llaman dedo medio, y «harta ya de estar harta», no a lo Serrat, sino a lo inmigrante desempleada, me senté a sacarle provecho a las conversaciones telefónicas con mis amigas:
      Marica, fulana se tiró a fulano y lo tenía como un tequeño.
      Pero eso no es malo. Los tequeños son largos.
      Como un tequeño-de-ban-que-te. De ban-que-te, Irina, de ban-que-te.
Tomé el celular y le propuse a Carolina, una excompañera de clases que estaba sin empleo en Miami, que se lanzara en esa aventura y que narráramos en forma de relatos cortos la tragicomedia sexual de los venezolanos. Fue así como mi primera foto, esa que me señalaba como «escritora», apareció en una revista especialista en rellenar sus páginas con culos y  tetas henchidas con cualquier cosa, menos tejido glandular.
            Como lo quieras tuvo una buena acogida. Sí, lo sé, a Carolina y a mí se nos desparramaron los sesos poniéndole semejante nombre a la columna. El punto es que la misma fue popular y nos obligó a enchufarnos de nuevo, en el ombligo, el cordón umbilical que habíamos cortado con la patria. Por ende tuvimos que plantar las suelas de nuestros zapatos, cada cierto tiempo, en la Cromointerferencia de color adictivo de Cruz Diez, si queríamos un aumento de salario y copias en papel de ese laborioso trabajo de investigación que nos dejó, a mi coescritora y a mí, sosteniendo un grabador en discotecas, cumpleaños, Janucás, bautizos y fiestas swingers.
            En una de esas llamadas al editor para explicarle que «Carolina quiere que quiten esa foto porque salimos espantosas» (en realidad la que siempre parecía Nosferatu con blusa era yo. Yo y el maquillaje de draga que me ponían. Yo y mi miedo escénico que me hacía creer que ese aparato con lentes robaba auras), nos vimos en la  obligación de cuadrar fechas e ir a Caracas en 2009.
            Cuando la Cadena Capriles llamó la línea de taxi de su confianza para que me trasladara a donde yo quisiera, le pedí al conductor que tomara la Cota Mil para hacerle trampas al inconmovible tráfico caraqueño. Recuerdo que puse el bolso negro lleno de revistas, justo en la parte del asiento trasero que estaba detrás del conductor y me senté del otro lado. Estaba cansada, hambrienta, acalorada y para no perder mi mala fama caraqueña, iba llegando tarde para mi atardecer de cine y cena con mi amigo y su novio.
Al salir de la avenida Panteón, abrí la ventana y miré, respiré el aire y la vista que me regalaba El Ávila. ¿Por qué ya no estaba allí para seguir recorriendo y descubriendo los rostros de la Caracas amable? La familia, los amigos, los recuerdos... Mi primera arepa, mi primer beso, mi primer tabaco de marihuana, mi primera práctica de escritura, mi primera relación sexual; las borracheras amnésicas develadas por una tercera persona que, siempre tenía la responsabilidad de contarme parte de la historia de mi vida; mi prehistoria estaba regada por todas las esquinas de esa ciudad sobrehabitada y transformada, y yo me daba el lujo de volver a ella de vez en cuando.
¿Acaso me había convertido en una cría malagradecida?, ¿en una especie de nueva rica sudamericaribeña de las experiencias? Era raro, y más raro era darme cuenta de ello, pero estaba feliz de estar de nuevo en casa. En casa, Mami. ¿Sabe desde hace cuánto tiempo yo no llamaba casa a…?
«¿Y tú a qué te dedicas?», me espetó sin preaviso el taxista. 
Se me había olvidado que los taxistas son las mangas venezolanas, además de un híbrido entre un sociólogo y un conserje de edificio. Un especímen que rara vez enciende la radio, porque la emisora de ellos es la conversación que tienen que sacarle a juro a sus pasajeros. 
«¿Yo? Yo soy escri…». «Disculpa que te interrumpa, pero tú tienes pinta de tené plata. Tú estás buena pa’ hacete un secuestro express».
             Para qué negarle que enmudecí, que sentí ese frío en la columna que tildan miedo, que lo primero que me pasó por la cabeza fue: «piensa rápido antes de que te cambien de carro». ¿Afortunadamente? el adiestramiento que recibí al haber vivido parte de mi infancia, post-adolescencia en el 23 de enero, y mi experiencia como periodista denunciando la fortuna adversa, la putrefacción humana, me recriminaron no haberme sentado detrás del asiento del conductor y me advirtieron, a esa altura, no quitarle los ojos de encima. Y fue así como se me ocurrió echarme a reír, ya sabe, natural, y decirle a ese señor blanquito, elegante, de estatura media, bigotes y cabellos canosos que, apenas le permitía a sus pestañas cubrir sus pupilas malintencionadas, dilatadas: «¿Usted va a llamar a mi casa para pedir plata en mi nombre? Psss, tremendo chasco se va a echar. ¡¿Con lo caleta que es mi mamá?! Lo mínimo que va a hacer es colgarle el teléfono o responderle que se equivocó de familia, que le dieron un número equivocado. Buena suerte con eso».
            Mami, el «señor» botó una carcajada y siguió conduciendo. 
          El instinto me aconsejó no cometer el error de dejarlo solo con sus pensamientos, así que crucé mis brazos sobre el espaldar del asiento delantero y sintiéndome un poco más cómoda, me puse a hablar:
– Usted se ríe porque cree que es chiste. Cómo se nota que no conoce a mi mamá… Además, ¿en el 23 quién tiene plata para pagar un rescate?
  ¡¿Y tú eres del 23 de enero?!
– Sí, Zona E, bloque 34, letra D, piso 3 –una dirección real, pero no la que les corresponde a usted y a mi tía, quienes son las únicas que viven en la «parroquia más alegre de Caracas».
  Hmmm. Pero tú no luces del 23.
– ¡¿Y cómo tiene que lucir la gente del 23 de enero?! –. Genial. Salió mi número: secuestrador, ladrón y clasista. Contrólate, Irina, contrólate. Mal momento para dártela de Luisa Cáceres de Arismendi.
– ¿Y tú de verdad eres de allí?
– Claro, ¿qué le hizo a usted pensar que yo venía de una familia de dinero?
– Es que esa ropa que tú tienes no es barata… Además… No sé, tus modales…
– ¡¿Mi ropa?! –¿de qué carajos me habla este viejo si sólo llevo puesto un jean, un cárdigan y unas sandalias bajas?– No señor, esta ¿ropa? es porque fui a la Cadena Capriles a una entrevista de trabajo y, qué va, me rebotaron feo.
            Irónicamente, Mami, esa es una de las ventajas que da un país con movilidad social como Venezuela, que una aprende los códigos de cada estrato. Si me hubiese criado con mi mamá o con la rama maracayera de la familia, sólo hubiese conocido los valores de la clase media (aspirante). Menos mal usted me crió y eso amplió mi microcosmos, eso me salvó de un secuestro.
            No voy a engañarla, lo segundo que pensé, luego de proteger mis cincuenta kilogramos de humanidad por más de treinta minutos y bajar de ese taxi, fue en usted. En que usted no aguantaría la llamada de un familiar diciéndole que me había ocurrido algo malo. Claro que la vida es un juego de azar que se apuesta día a día, pues de eso se trata estar vivo, de escoger entre las dos o tres opciones que se nos ofrece a diario y esperar haber tomado la decisión correcta, esa que nos ayudará a sobrevivir otro día. Porque la presunción de la inmortalidad es un error que cometemos los petulantes, quienes estamos lejanos a cumplir 50 años, y usted, con ocho décadas a cuestas, ya sabe eso. Usted, quien ya tiene la humildad adiestrada, dando las gracias por haber tenido la fortuna de haber conocido a ese ser querido mientras termina: «Padre Nuestro que estás en los cielos», y asiste al entierro.
            Pero no, no la veía detrás de la bocina de un teléfono aguantando el bombeo acelerado de su corazón, escuchando la mala noticia. No la veía imaginándome secuestrada en un auto, dando vueltas por Caracas, ni a mí encañonada, encima sabiéndome culpable de su tristeza o muerte. 
            Por eso me fue tan difícil llamarla a su casa los primeros días de este mes de octubre, confesarle la razón por la que tengo cuatro años sin verla. No lo niego, mi propósito luego de decirle «aló» fue hacerla entrar en razón, por eso utilicé un recurso desesperado y caí en la bajeza de recordarle cómo asesinaron a Guillermo, nuestro vecino de toda la vida, cuando éste esperaba a que saliera su novia, quien iba a dar a luz. Dejaron a ese ser humano que estaba punto de nacer sin padre, porque su padre, para unos fracasados sólo valía un carro que debían robárselo, no a golpes, como los hombres, sino a pistola como los cobardes que se creen guapos. Le pregunté si había olvidado cómo uno de sus sobrinos había muerto en un hospital; su cuerpo joven no resistió el dolor y los daños ocasionados por otra maldita cosita de plomo que no tiene el tamaño para matar, pero que lo hace, una bala. También le pedí que diéramos gracias por tener todavía entre nosotros a mi primo, su nieto, quien luego de  levantarse a trabajar todas las mañanas, como usted le enseñó, corrió el riesgo de que lo asesinaran cuando el gobierno le quitó su patrulla y su seguro médico, sólo por laborar como Polimiranda, sólo por haber tenido la mala suerte de ganarse la arepa en un estado opositor.
Pero mientras le enumeraba todas esas desgracias que ya no se movían en un radar ajeno, sino que traspasaron los anillos sociales de todos los venezolanos, haciendo sonar las ondas de radio más cercanas: nuestros círculos de familiares y amistades, se me corrió el antifaz; se me quebró la voz y no me quedó otra cosa que suplicarle que pensara bien su voto.
Usted calló por un minuto, quizá sorprendida, o dándome chance de volver a ser yo misma y no mostrarme tan frágil ni ante usted ni ante nadie. «Sí, ahorita hay muchos muertos, mucha cosa… Esto está demasiado inseguro. Yo nunca había visto algo así». Volví a tragar delgado, pero me fue difícil dejar de advertir que si usted, en 84 años de vida, nunca había visto una Venezuela tan sangrienta, tan corrupta, mis recelos tenían fundamentos. «Mami, ¿le dije que el taxista pensaba que yo era rica porque los zapatos que llevaba puestos eran Nine West? Sí, Nine West, el Don Regalón de los Estados Unidos. ¿Sabe cuánto pagué por esos zapatos aquí en Saint Paul? Quince dólares. ¿Sabe a cuánto los vendían en Venezuela en el año 2009? A trescientos dólares al cambio». Todo por culpa del control cambiario, e inevitablemente, de la inflación, que lejos de acabar con el problema de la especulación, la legalizó con un guiño.
«Dígame eso», articuló usted por teléfono, y pensé, de veras pensé que había entendido los motivos detrás de mi ruego, pero cuando pronuncié el apellido Chávez y enseguida respondió: «Ay Ira, por acá acaba de hacer unos edificios bien bonitos, y a María, la de la casita –la invasora–, le puso la casa bien bonita. La ves y no se parece a la garita de vigilantes que era antes». Ahí supe Mami, que había llegado el momento de quererla a cualquier costo, tal como usted lo hizo conmigo a los 16 años cuando me aparecí con mi equipaje en su casa.
Claro que resulta espinoso tener que entender que, si me hubiese ocurrido algo, la única responsable de esa tragedia hubiese sido yo, por ignorante o insensata, por salir a la calle con unos zapatos «costosos». «¿A quién se le ocurre?» Es la lógica del 23, una que usted conoce y que la ha mantenido a salvo por más de cuarenta años. Supongo que es difícil sacarle un asombro a una persona como usted, pronunciándole palabras como «inseguridad», «anarquía», «negligencia», dado que, lamentablemente, es lo único que usted, mi querida abuela, ha conocido toda su vida; desde que nació para pasar penurias en un pueblito en Yaracuy, hasta que se hizo adulta en una zona marginal de la gran ciudad.  Los malos gobiernos la llevaron a ser chavista. Así que ¿quién la puede juzgar por votar por un político que ha cuadriplicado lo que tampoco le brindó ningún otro: el derecho ciudadano a la vida, pero que creó un club de la tercera edad, en la que usted, por ser chavista, puede ir todos los domingos gratis a la playa?
 Mami, si me ha leído, le pido por favor que no se moleste conmigo, que vuelva a quererme a todo costo. Entiéndame. Yo a lo largo de mi vida he vivido en muchas partes y tengo punto de comparación, por ende me es imposible dejar de preguntarme: ¿cómo se hace para salir ilesa de una zona roja de más de 916 mil kilómetros? Casi 190 mil homicidios en 14 años es mi respuesta. Es un juego de dardos sangriento al que no quiero jugar, más cuando una descubre que sus métodos de «prevención» pasaron de moda. ¿De qué manera me tocará adivinar la próxima vez que algo que es de consumo básico en un país, en el mío vale todo lo que una persona tiene, su vida?

Imagen: El Ávila sangra con los ojos abiertos de Ytaelena López.