¿Por qué no quiero regresar a Venezuela?
Le escribo porque ayer
me pasó algo curioso. Nate y yo decidimos ir a cenar a un
restaurante a última hora. Él iba manejando, cuando de pronto, un bloque de nubes gigantes,
arrejuntadas, formaron un gran muro algodonado al final de la vía negra de
rayas blancas. Como el cerebro tiene un hipocampo y el hipocampo se ocupa de la
memoria, lo primero que pensé fue en El Ávila.
Sé que para un andino y un habitante de los Pirineos
(sean cuales sean los países), para un oriundo de Denver o de Tokio, El Ávila no es
más que un saco de tierra y monte vaciado sobre una carretilla, pero para
nosotros los caraqueños es nuestro inhalador barroco-expresionista, ya sabe, por aquello de que es lo único realmente verde que nos rodea, y por los grandes
contrastes de luces y sombras. Tal vez
por ello, por caraqueña, me sorprendí viendo a esas nubes con cierta lástima; como
quien mira en compañía de los amigos las fotos de sus descendientes, ese montón de
futuros barrigoncitos como los padres, que una, para no ganarse una guerra a
muerte peleada con cortaúñas, debe suspirar y decir: «Bello que te salió Javiercito. Fotogénico. No cabe duda de que sacó los genes
de la familia».
Como le decía, me fijaba en la
altura, la anchura, y el esfuerzo de esas nubes por darle a esta geografía de
montañas pequeñas un gran adorno a su horizonte, mientras recordaba, después de
mucho tiempo, los segundos de paz citadina que me daba El Ávila al alzar la
vista. Pero después de evocar su flora, sus cascadas, sus curvas luminosas y umbrías,
enseguida me acordé de su adorno humano: aquel cintillo de miseria y soluciones
desesperadas que me hicieron revivir mi último encuentro con la gran montaña.
Luego de quedar
diez años atrapada en el mundo del periodismo, de no ser tomada en serio como
guionista porque mi currículo era el de una periodista; el de una
supuestamente «buena», entregada a «lo suyo». Decidí extenderle a mis empleadores
la extremidad alargada y articulada de mi mano derecha, esa que los biólogos llaman dedo medio, y «harta ya de estar harta», no a lo Serrat, sino a
lo inmigrante desempleada, me senté a sacarle provecho a las conversaciones
telefónicas con mis amigas:
–
Marica, fulana se tiró a fulano y lo tenía como un
tequeño.
–
Pero eso no es malo. Los tequeños son largos.
–
Como un tequeño-de-ban-que-te. De ban-que-te, Irina,
de ban-que-te.
Tomé el celular y le propuse a Carolina, una excompañera de clases que
estaba sin empleo en Miami, que se lanzara en esa aventura y que narráramos en
forma de relatos cortos la tragicomedia sexual de los venezolanos. Fue así como
mi primera foto, esa que me señalaba como «escritora», apareció en una revista
especialista en rellenar sus páginas con culos y tetas henchidas con cualquier cosa, menos
tejido glandular.
Como lo quieras tuvo una buena acogida. Sí, lo sé, a Carolina y a
mí se nos desparramaron los sesos poniéndole semejante nombre a la columna. El
punto es que la misma fue popular y nos obligó a enchufarnos de nuevo, en el
ombligo, el cordón umbilical que habíamos cortado con la patria. Por ende tuvimos que plantar las suelas de nuestros zapatos, cada cierto tiempo, en la Cromointerferencia de color adictivo de
Cruz Diez, si queríamos un aumento de salario y copias en papel de ese
laborioso trabajo de investigación que nos dejó, a mi coescritora y a mí, sosteniendo
un grabador en discotecas, cumpleaños, Janucás, bautizos y fiestas swingers.
En una de esas
llamadas al editor para explicarle que «Carolina
quiere que quiten esa foto porque salimos espantosas» (en realidad la que
siempre parecía Nosferatu con blusa era yo. Yo y el maquillaje de draga que me
ponían. Yo y mi miedo escénico que me hacía creer que ese aparato con lentes
robaba auras), nos vimos en la obligación de cuadrar fechas e ir a Caracas en 2009.
Cuando la Cadena Capriles llamó la línea de taxi de su
confianza para que me trasladara a donde yo quisiera, le pedí al conductor que
tomara la Cota Mil para hacerle trampas al inconmovible tráfico caraqueño.
Recuerdo que puse el bolso negro lleno de revistas, justo en la parte del
asiento trasero que estaba detrás del conductor y me senté del otro lado.
Estaba cansada, hambrienta, acalorada y para no perder mi mala fama caraqueña,
iba llegando tarde para mi atardecer de cine y cena con mi amigo y su novio.
Al salir de la avenida Panteón, abrí la ventana y
miré, respiré el aire y la vista que me regalaba El Ávila. ¿Por qué ya no
estaba allí para seguir recorriendo y descubriendo los rostros de la Caracas
amable? La familia, los amigos, los recuerdos... Mi primera arepa, mi primer beso, mi primer tabaco de marihuana, mi primera práctica de escritura, mi primera relación sexual; las borracheras amnésicas
develadas por una tercera persona que, siempre tenía la responsabilidad de
contarme parte de la historia de mi vida; mi
prehistoria estaba regada por todas las esquinas de esa ciudad sobrehabitada y
transformada, y yo me daba el lujo de volver a ella de vez en cuando.
¿Acaso me había convertido en una cría
malagradecida?, ¿en una especie de nueva rica sudamericaribeña de las
experiencias? Era raro, y más raro era darme cuenta de ello, pero estaba feliz
de estar de nuevo en casa. En casa, Mami. ¿Sabe desde hace cuánto tiempo yo no llamaba casa a…?
«¿Y tú a qué
te dedicas?», me espetó sin preaviso el taxista.
Se me había olvidado que los
taxistas son las mangas venezolanas, además de un híbrido entre un sociólogo y un
conserje de edificio. Un especímen que rara vez enciende la radio, porque la emisora de ellos
es la conversación que tienen que sacarle a juro a sus pasajeros.
«¿Yo? Yo soy escri…». «Disculpa que te interrumpa, pero tú tienes pinta de tené plata. Tú
estás buena pa’ hacete un secuestro express».
Para qué negarle que enmudecí, que sentí ese
frío en la columna que tildan miedo, que lo primero que me pasó por la cabeza fue: «piensa
rápido antes de que te cambien de carro». ¿Afortunadamente? el adiestramiento
que recibí al haber vivido parte de mi infancia, post-adolescencia en el 23 de
enero, y mi experiencia como periodista denunciando la fortuna adversa, la putrefacción humana, me recriminaron no haberme sentado detrás del asiento del
conductor y me advirtieron, a esa altura, no quitarle los ojos de encima. Y fue así como se me ocurrió echarme a reír, ya sabe, natural, y decirle a ese señor
blanquito, elegante, de estatura media, bigotes y cabellos canosos que, apenas
le permitía a sus pestañas cubrir sus pupilas malintencionadas, dilatadas: «¿Usted
va a llamar a mi casa para pedir plata en mi nombre? Psss, tremendo chasco se va a echar. ¡¿Con lo caleta que es mi
mamá?! Lo mínimo que va a hacer es colgarle el teléfono o responderle que se
equivocó de familia, que le dieron un número equivocado. Buena suerte con eso».
Mami, el «señor» botó
una carcajada y siguió conduciendo.
El instinto me aconsejó no cometer el error
de dejarlo solo con sus pensamientos, así que crucé mis brazos sobre el
espaldar del asiento delantero y sintiéndome un poco más cómoda, me puse a
hablar:
– Usted se ríe porque cree que es chiste. Cómo se
nota que no conoce a mi mamá… Además, ¿en el 23 quién tiene plata para pagar un
rescate?
– ¡¿Y tú eres del 23 de enero?!
– Sí, Zona E, bloque 34, letra D, piso 3 –una
dirección real, pero no la que les corresponde a usted y a mi tía, quienes son
las únicas que viven en la «parroquia más alegre de Caracas».
– Hmmm. Pero tú no
luces del 23.
– ¡¿Y cómo tiene que lucir la gente del 23 de enero?!
–. Genial. Salió mi número: secuestrador, ladrón y clasista. Contrólate, Irina,
contrólate. Mal momento para dártela de Luisa Cáceres de Arismendi.
– ¿Y tú de verdad eres de allí?
– Claro, ¿qué le hizo a usted pensar que yo venía de
una familia de dinero?
– Es que esa ropa que tú tienes no es barata… Además…
No sé, tus modales…
– ¡¿Mi ropa?! –¿de qué carajos me habla este viejo
si sólo llevo puesto un jean, un cárdigan y unas sandalias bajas?– No señor,
esta ¿ropa? es porque fui a la Cadena Capriles a una entrevista de trabajo y,
qué va, me rebotaron feo.
Irónicamente, Mami, esa
es una de las ventajas que da un país con movilidad social como Venezuela, que
una aprende los códigos de cada estrato. Si me hubiese criado con mi mamá o con
la rama maracayera de la familia, sólo hubiese conocido los valores de la clase
media (aspirante). Menos mal usted me crió y eso amplió mi microcosmos, eso me
salvó de un secuestro.
No voy a engañarla, lo
segundo que pensé, luego de proteger mis cincuenta kilogramos de humanidad por
más de treinta minutos y bajar de ese taxi, fue en usted. En que usted no
aguantaría la llamada de un familiar diciéndole que me había ocurrido algo malo.
Claro que la vida es un juego de azar que se apuesta día a día, pues de eso se
trata estar vivo, de escoger entre las dos o tres opciones que se nos ofrece a
diario y esperar haber tomado la decisión correcta, esa que nos ayudará a
sobrevivir otro día. Porque la presunción de la inmortalidad es un error que
cometemos los petulantes, quienes estamos lejanos a cumplir 50 años, y usted, con ocho décadas
a cuestas, ya sabe eso. Usted, quien ya tiene la humildad adiestrada, dando las gracias por haber
tenido la fortuna de haber conocido a ese ser querido mientras termina: «Padre Nuestro que estás en los cielos»,
y asiste al entierro.
Pero no, no la veía
detrás de la bocina de un teléfono aguantando el bombeo acelerado de su
corazón, escuchando la mala noticia. No la veía imaginándome secuestrada en un auto, dando vueltas por Caracas, ni a mí encañonada, encima sabiéndome culpable de su tristeza
o muerte.
Por eso me fue tan
difícil llamarla a su casa los primeros días de este mes de octubre, confesarle
la razón por la que tengo cuatro años sin verla. No lo niego, mi propósito
luego de decirle «aló» fue hacerla entrar en razón, por eso utilicé un recurso
desesperado y caí en la bajeza de recordarle cómo asesinaron a Guillermo,
nuestro vecino de toda la vida, cuando éste esperaba a que saliera su novia,
quien iba a dar a luz. Dejaron a ese ser humano que estaba punto de nacer sin
padre, porque su padre, para unos fracasados sólo valía un carro que debían
robárselo, no a golpes, como los hombres, sino a pistola como los cobardes que
se creen guapos. Le pregunté si había olvidado cómo uno de sus sobrinos había
muerto en un hospital; su cuerpo joven no resistió el dolor y los daños
ocasionados por otra maldita cosita de plomo que no tiene el tamaño para matar, pero que lo hace, una bala. También le pedí que diéramos gracias por
tener todavía entre nosotros a mi primo, su nieto, quien luego de levantarse a trabajar todas las mañanas, como
usted le enseñó, corrió el riesgo de que lo asesinaran cuando el gobierno le
quitó su patrulla y su seguro médico, sólo por laborar como Polimiranda, sólo por haber tenido la mala suerte de ganarse la arepa en un estado opositor.
Pero mientras le enumeraba todas esas desgracias
que ya no se movían en un radar ajeno, sino que traspasaron los anillos
sociales de todos los venezolanos, haciendo sonar las ondas de radio más
cercanas: nuestros círculos de familiares y amistades, se me corrió el antifaz; se me quebró la voz y no me quedó otra cosa que suplicarle que pensara bien su
voto.
Usted calló por un minuto, quizá sorprendida, o dándome
chance de volver a ser yo misma y no mostrarme tan frágil ni ante usted ni ante nadie. «Sí, ahorita hay muchos muertos,
mucha cosa… Esto está demasiado inseguro. Yo nunca había visto algo así». Volví a tragar delgado, pero me fue difícil dejar de advertir
que si usted, en 84 años de vida, nunca había visto una Venezuela tan sangrienta,
tan corrupta, mis recelos tenían fundamentos. «Mami, ¿le dije que el taxista pensaba que
yo era rica porque los zapatos que llevaba puestos eran Nine West? Sí, Nine West, el Don Regalón
de los Estados Unidos. ¿Sabe cuánto pagué por esos zapatos aquí en Saint Paul?
Quince dólares. ¿Sabe a cuánto los vendían en Venezuela en el año 2009? A
trescientos dólares al cambio». Todo por culpa del control cambiario, e inevitablemente, de la
inflación, que lejos de acabar con el problema de la especulación, la legalizó
con un guiño.
«Dígame eso», articuló usted
por teléfono, y pensé, de veras pensé que había entendido los motivos detrás de
mi ruego, pero cuando pronuncié el apellido Chávez y enseguida respondió: «Ay Ira, por acá acaba de hacer unos
edificios bien bonitos, y a María, la de la casita –la invasora–, le puso la casa bien bonita. La ves y no se
parece a la garita de vigilantes que era antes». Ahí supe Mami, que había
llegado el momento de quererla a cualquier costo, tal como usted lo hizo conmigo
a los 16 años cuando me aparecí con mi equipaje en su casa.
Claro que resulta espinoso tener que entender que, si me hubiese ocurrido algo, la
única responsable de esa tragedia hubiese sido yo, por ignorante o insensata, por salir a
la calle con unos zapatos «costosos». «¿A quién se le ocurre?» Es la lógica del 23,
una que usted conoce y que la ha mantenido a salvo por más de cuarenta años. Supongo
que es difícil sacarle un asombro a una persona como usted, pronunciándole palabras como «inseguridad», «anarquía», «negligencia», dado que, lamentablemente, es lo único que usted, mi querida abuela, ha conocido toda su vida; desde que nació para pasar penurias en un pueblito en Yaracuy, hasta que se hizo adulta en una zona marginal de la gran ciudad. Los malos gobiernos la llevaron a
ser chavista. Así que ¿quién la puede juzgar por votar por un político que ha cuadriplicado lo que tampoco le brindó ningún otro: el derecho ciudadano a la vida, pero que creó un club de la tercera edad, en la que usted, por ser chavista, puede ir todos los domingos gratis a la playa?
Mami, si me ha leído, le pido por favor que no se moleste conmigo, que vuelva a quererme a todo costo. Entiéndame. Yo a lo largo de mi vida he vivido en muchas partes y tengo punto de comparación, por ende me es imposible dejar de preguntarme: ¿cómo se hace para salir ilesa de una zona roja de más de 916 mil kilómetros? Casi 190 mil homicidios en 14 años es mi respuesta. Es un juego de dardos sangriento al que no quiero jugar, más cuando una descubre que sus métodos de «prevención» pasaron de moda. ¿De qué manera me tocará adivinar la próxima vez que algo que es de consumo básico en un país, en el mío vale todo lo que una persona tiene, su vida?
Imagen: El Ávila sangra con los ojos abiertos de Ytaelena López.